Podemos definir el estrés de manera muy simple como la respuesta que ofrece nuestro organismo ante una situación que interpreta como apremiante o amenazante, de manera que el estrés en sí mismo posee un valor adaptativo, pues nos alerta y prepara para la respuesta. Sin embargo, debemos comprender que el estrés surge en la relación organismo-entorno, es decir, en la frontera de contacto con nuestro medio ambiente, de manera que esta respuesta que llamamos estrés no está en el ambiente, sino que más bien tiene relación con la manera como nos aproximamos, como internalizamos el ambiente.

Esta característica personalísima del estrés hace del estrés una función única para cada ser humano, en donde “la situación” podría considerarse la variable independiente, de manera que podemos decir que el estrés de cada ser humano se puede representar como una función f(x) en a cual “x” representa la situación que confrontamos. En otras palabras, lo que para un ser humano puede resultar enormemente estresante, para otro ser humano puede resultar nada estresante.

De este modo, podemos agregar que la función del estrés de cada ser humano estará íntimamente ligado a su sistema de creencias, en incluso, cada cultura puede tender a percibir situaciones de una manera muy distinta.

Para poner un ejemplo de ello, existen estudios que muestran que para la cultura anglosajona de EEUU la muerte de la pareja es la situación más estresante, mientras que para los latinoamericanos la muerte de un hijo es lo más estresante. Quizá esta diferencia guarde relación con el hecho de que para los useños[1] los hijos dejan el hogar en promedio al terminar el bachillerato, entre los 17 y 18 años, y la mayoría de ellos se muda de estado; mientras que para los latinoamericanos ello ocurre cuando los hijos terminan los estudios superiores de 3er y hasta 4to nivel, lo que plantea una relación más duradera y por ende más estrecha.

[1] Palabra aún no aceptada en idioma español utilizada en este escrito para representar el gentilicio de las personas nacidas en los Estados Unidos de América, en inglés “USA” (United States of America).

Con todo lo anterior lo que deseo fundamentalmente indicar es que el estrés es una función personalísima y que tiene un valor adaptativo.

Hoy día no existen dudas del impacto negativo que puede generar el estrés en el funcionamiento de nuestro organismo. De hecho, podemos afirmar que el descubrimiento o más bien conceptualización del estrés, hecha por el doctor Hans Selye en 1934, partió del hecho de la identificación de una serie de cambios físicos detectados en las ratas de laboratorio, cuando eran sometidas a inyecciones. 

En un principio Selye pensó que había descubierto una nueva hormona capaz de producir cambios como: crecimiento de la corteza adrenal, atrofia del timo, del bazo y de los nódulos linfáticos, y úlceras sangrantes profundas en el revestimiento interno del estómago y el duodeno; no obstante, pronto se daría cuenta que al inyectar otras sustancias, se producían los mismos cambios físicos. 

Al principio Selye se sintió confundido y desilusionado por los resultados obtenidos, pero luego se dio cuenta de que los cambios experimentados por sus ratas no se producían como respuesta a las sustancias que introducía en su organismos, sino más bien con el hecho  de inyectarlas, y fue así como conceptualizó el estrés como la respuesta no específica del organismo que puede ser provocada por cualquier estresor medioambiental que atente contra la homeostasis (equilibrio) del organismo.

Según Selye, el intento del organismo por defenderse de los factores externos a los cuales es sometido, se presenta en las siguientes 3 etapas:

  • Reacción ante la alarma: la cual genera la activación del sistema simpático para combatir la “amenaza” mediante la energetización de los sistemas corporales de modo que maximicen fuerza y queden de este modo preparados para la respuesta o huida.
  • Resistencia: etapa en la cual el organismo procura adaptarse a la situación que genera su perturbación. La duración de esta fase dependerá de la duración de la situación estresante y de la capacidad adaptativa del organismo, de manera que si el organismo puede adaptarse, la etapa de resistencia se prolongará en el tiempo. Sin embargo, aun cuando el aspecto externo del individuo no presente cambios distintivos, fisiológicamente sí ocurren transformaciones.
  • Agotamiento: durante esta fase el organismo pierde su capacidad de adaptación produciendo un derrumbamiento físico, que según palabras de Selye pueden llevar a la depresión y a la muerte.

En opinión de Selye, el sostenimiento de situaciones estresantes generaba lo que denominó enfermedades de adaptación como: úlceras pépticas, colitis ulcerosas, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, asma, hipertiroidismo y debilitamiento del sistema inmunológico, dando lugar a enfermedades oportunistas, que van desde las gripes hasta el cáncer.                                                                                                                           

De este modo podemos afirmar que desde su inicios se reconoce en el estrés su poder para producir enfermedades, no obstante, en un principio, tal aseveración no fue muy bien aceptada por la comunidad médica, quien aún amparados bajo los preceptos de Descartes: ver al cuerpo humano como una máquina, no podían aceptar que la mente, o mejor dicho el pensamiento, pudiera afectar el funcionamiento del organismo.

Hoy día, en cambio, la comunidad médica está plenamente consciente de la importancia que juega la actitud (el pensamiento) en el sostenimiento de la salud, hasta el punto de que el protocolo médico para comprobar el efecto de fármacos en el organismo, incluye un grupo control a quienes se les suministra pastillas totalmente inocuas al organismo, de manera de medir la diferencia entre ambos grupos (placebo vs medicamento).

Existe una extensa gama de trabajos, los cuales desde distintos enfoques, vinculan el estrés sostenido con la enfermedad, hasta el punto que las clasificaciones de enfermedades mentales tanto de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-V), como de la Organización Mundial de la Salud (CIE-10), establecen categorías diagnósticas en las que se relacionan estrés y trastornos físicos como el asma, la úlcera gástrica, la colitis mucosa o ulcerosa, etc, por lo que podemos concluir que el estrés puede afectar la salud de las personas de diferente maneras:

  • Influyendo en el curso de una enfermedad, bien sea en su desarrollo, agravamiento o interferencia en la recuperación (P. ej. Disminuyendo la capacidad combativa del sistema inmunológico)
  • Interfiriendo en el tratamiento (P. ej. Mediante la puesta en marcha de mecanismos de afrontamiento inadecuados que impiden una buena relación con el personal médico)
  • Constituyendo un factor de riesgo adicional para la salud
  • Aumentando la frecuencia de conductas nocivas para la salud, como por ejemplo: fumar y beber en exceso.
  • Generando respuestas fisiológicas que pueden relacionarse con el problema, como por ejemplo: contracturas tensionales.

Si bien es cierto que cada organismo es único e irrepetible, y que incluso, por mayores estudios estadísticos realizados, cada individuo tiene la posibilidad de reaccionar de manera distinta a los diferentes estímulos que se le presentan en su experiencia de vida, no es menos cierto, que la respuesta adaptativa del organismos frente a situaciones que considera amenazantes, va a tener un efecto en el funcionamiento de dicho organismo, lo cual terminará afectando el funcionamiento del cuerpo, desde el sistema inmunológico, hasta las contracturas musculares. Estás últimas sobre las cuales podemos incrementar nuestro grado de consciencia en la medida de que seamos más conscientes de nuestro cuerpo, de que nos sintamos más, de que nos demos más cuenta de lo que está pasando con él, que no es más que nosotros mismos.



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