¿Qué esperar?

Muchas personas esperan que el psicoterapeuta se convierta en una suerte de juez que dictamine qué está bien y qué está mal, quien tiene la razón y quien está equivocado, e incluso, que dictamine que es lo qué debe hacer el consultante y cómo debe hacerlo.

Pero sí el psicoterapeuta cayese en la tentación de sentirse por encima del bien y del mal, estaría anteponiendo su propio criterio, subjetivo por demás, por lo que sus valoraciones podrían estar lejos de servirle a los consultantes. Sería como ir a la zapatería y pedirle al vendedor que nos dé un par de zapatos que le agraden y le queden bien a éste, sin considerar las diferencias en los gustos, en los patrones para combinar colores, en la ropa que acompañará el calzado, además de que los pies del vendedor no son un estándar de facto.

 

De esta manera, el psicoterapeuta debe focalizarse principalmente en que los consultantes autoevalúen su propia situación, poniendo luz en donde ellos no logran ver y ayudándolos a mirar sus puntos ciegos, siempre que los consultantes deseen ver más allá de lo que suelen ver, ya que de lo contrario, el psicoterapeuta estaría irrespetando las resistencias de cada persona, en lugar de promover, como debe ser, el respeto por los procesos personales que atraviesan los consultantes.

En otras palabras, el psicoterapeuta alienta al paciente para que deje de pelearse con lo que no es, y acepte su realidad conforme se le presenta, ya que sólo siendo conscientes del lugar donde estamos, es que podremos emprender los cambios requeridos para alcanzar el lugar que deseamos.

 

En la mayoría de los casos, los pacientes acuden a la consulta agobiados por situaciones que les mantienen un elevado nivel de tensión y sufrimiento, haciendo responsable a los otros de las vicisitudes por las que atraviesan. Lo perjudicial de este enfoque, es que si la responsabilidad está afuera, es poco lo que podemos hacer para cambiarla, ya que el cambio depende de otro responsable; mientras que si asumimos nuestra responsabilidad en lo que ocurre, tenemos en nuestras manos la posibilidad de cambiar nuestra realidad, entendiendo primero para qué estamos allí o cómo llegamos a ese lugar, en lugar de caer en la trampa intelectual de los “por qués” y enredarnos en explicaciones fútiles e interminables que, lejos de ayudarnos a salir del atolladero, terminan construyendo una coartada para justificar nuestra situación.